Portugal no centro do mundo Siete siglos de globalización musical (ss. XIII-XIX)

“El mundo se puede andar por tierra de Felipe”
Lope de Vega, La octava maravilla, 1618

Cura: “Con eso, ¿músicos son todos cuantos allá [en Portugal] nacen?”
Sacristán: “Y muy poco en serlo hacen, su misma lengua es canción”
Lope de Vega, El serafín humano, 1610-12

Publicada en 1618, La octava maravilla es una comedia de enredo de Lope de Vega en la que se describe el viaje realizado por el rey de Bengala y su séquito hasta la Península Ibérica. Aunque redactada en castellano, dos de los personajes, Carvallo y Meneses, son portugueses y hablan en su propia lengua, lo que evidencia no sólo la significación narrativa y la integración del portugués en la trama, sino también la importante presencia de la cultura lusa en el teatro del políglota Fénix de los Ingenios. El portugués era la lengua elegida por Lope para las canciones que incorporaba a sus relatos. Tanto es así, que en otra de sus comedias, El serafín humano, Lope pone en boca de los portugueses la invención del canto (“su misma lengua es canción”), una idea que vemos anticipada años antes en un libro de vihuela dedicado al rey Don João III: “la mar donde he echado este libro es propiamente el Reyno de Portugal, que es la mar de la música, pues en él tanto la estiman y tan bien la entienden” (Luys de Milán, Libro de música de vihuela de mano intitulado El Maestro, Valencia, 1536).

De forma real o alegórica, la idea de mundo unida al imaginario de lo portugués y su rica cultura musical reaparecen frecuentemente en los escritos del periodo. A ello debió de contribuir en buena medida la proclamación de Felipe II de España -hijo de Isabel de Portugal y Carlos V- como rey de Portugal en 1580, completando así una ansiada unión dinástica que se prolongó hasta 1640. Ello significó la anexión de facto -y también de iure- a la corona de Castilla del reino portugués y su imperio mundial que, sumado a los extensos territorios hispanos en las Indias, conformó un fascinante objeto de estudio al que ya los contemporáneos se referían como “monarquía católica”. Se trataba de una configuración político-religiosa que se extendía por Europa, África, América y Asia y que posibilitó el establecimiento, por primera vez en la historia, de redes internacionales de comunicación impulsadas por funcionarios y burócratas y por órdenes religiosas como los jesuitas, y a los que no fueron ajenos los músicos y su música. La dimensión planetaria de estos intercambios puede ser considerada como la primera manifestación de globalización musical, entendida como un fenómeno a gran escala en el que las distintas regiones del mundo, por apartadas que estén, potencian sus comunicaciones, lo que genera relaciones de interdependencia, mezclas y conflictos.

Más allá de anacronismos, y superando también los muros ideológicos levantados por las historiografías nacionales esencialistas -que han limitado nuestra comprensión del fenómeno al reducirlo, en caso portugués, a una invasión ilegítima e inaceptable para la soberanía nacional y, en el español, a una encendida exaltación de unidad y expansión imperialista castellana y católica-, aquí se propone un proceso mutuo de comprensión en el que lo ibérico, con sus luces y sus sombras, aparece como única forma de entender este teatro de interacciones planetarias que permitió la proyección mundial de las prácticas musicales no sólo de Portugal y España, sino también de toda Europa. Es también un recuerdo para la historiografía clásica europea, que con frecuencia obvia esta realidad gigantesca de las Américas, las Asias y las Áfricas ibéricas o reduce su presencia al exotismo, cuando en realidad estamos ante áreas de conforman, utilizando un término moderno tomado de Serge Gruzinki, “zonas interactivas” en las que proliferaron relaciones económicas, raciales, culturales y musicales de gran riqueza y complejidad sin las cuales no sería posible entender la propia historia europea.

De esta perspectiva transnacional que aspira a conectar espacios y establecer vínculos hoy perdidos, el Festival 2010 se dedica a Portugal y a su papel revolucionario en los procesos de globalización y occidentalización del que son resultado las prácticas musicales de grandes ciudades mestizas como Salvador de Bahía, Buenos Aires, México, Lima, Manila, Amberes, Goa, Macao, Cabo Verde, Luanda o, en la propia península ibérica, Lisboa o Sevilla. Desde la música en los conventos portugueses al repertorio organístico ibérico y sus conexiones con Italia y Flandes; desde la polifonía litúrgica escuchada en Río de Janeiro hasta los cantos tradicionales de Timor; desde el repertorio de cantigas en galaico-portugués del siglo XIII -importante precedente globalizador- hasta los villancicos barrocos portugueses conservados en Guatemala, todo ello entremezclado con diversos aniversarios de compositores ibéricos de circulación internacional como Manuel Cardoso o Antonio de Cabezón. El Festival 2010 quiere reivindicar la importancia de Portugal en la historia musical desde la Edad Media y las múltiples interconexiones musicales que este territorio, situado no centro do mundo, fue capaz de establecer con el resto del globo. Veintisiete conciertos, un curso de musicología y un ciclo de conferencias reunirán en Úbeda y Baeza a músicos, investigadores y estudiosos procedentes de Portugal, Brasil, Guatemala, Suiza, Bélgica, Italia e Inglaterra. Buen ejemplo de globalización, fenómeno que como hemos visto no es tan moderno.

En última instancia, el Festival aspira a fomentar, desde el respeto y la admiración a la cultura portuguesa, los intercambios musicales y musicológicos ibéricos y a superar la ignorancia recíproca que durante décadas se promovió en ambos países por motivos más imaginarios que históricamente fundados. Así evitaríamos caer en el peligro de perdernos, “como tantas veces sucedió en el pasado -según José Saramago, Premio Nobel de Literatura desaparecido este mismo 2010-, en los embelecos de una retórica vacía y oficialista, que sería la responsable de los nuevos malentendidos que llegaran a sumarse y a agravar los antiguos”. Ojalá la música antigua contribuya en alguna medida a avanzar en este reencuentro.

Javier Marín López, Director del Festival
Festival de Úbeda y Baeza

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